PRAE. 

PRAE – Vida, Territorio y Sostenibilidad

El Proyecto Ambiental Escolar de la Institución Educativa Fray José Ledo no nace simplemente como una exigencia normativa, sino como una respuesta a la forma en que el territorio de Chaguaní se manifiesta. No se trata de cumplir con un lineamiento, sino de leer un lugar que habla constantemente a través de sus montañas, sus aguas y sus formas de vida.

Chaguaní, al estar inscrito en la cordillera, no es un espacio cualquiera: es una fuente. De sus suelos emerge el alimento, de su vegetación se sostienen los ciclos del agua, y de su biodiversidad dependen tanto el equilibrio natural como múltiples saberes que han acompañado históricamente a sus habitantes. Sin embargo, esta riqueza no es estable ni garantizada; es, por el contrario, profundamente frágil.

El suelo, el agua y la vida no existen de manera separada. No son recursos aislados, sino partes de un mismo tejido. Una montaña cubierta de vegetación no es simplemente un paisaje: es un sistema que permite que el agua se retenga, se infiltre y se purifique. Esa misma agua sostiene la vida, regula el clima local y da continuidad al territorio. Cuando uno de estos elementos se altera, no se pierde una parte: se desajusta el conjunto.

Desde esta comprensión, el PRAE se configura como una forma de acercarse al territorio no desde la abstracción, sino desde la experiencia. No busca únicamente que el estudiante adquiera información sobre el ambiente, sino que logre reconocer las relaciones que lo constituyen y las implicaciones de su intervención en ellas. Lo ambiental, en este sentido, deja de ser un contenido y se convierte en una forma de leer, habitar y transformar el mundo inmediato.

Pero hay algo más que no siempre se nombra. En la relación con el territorio aparece también una dimensión silenciosa, una forma de vínculo que no pasa únicamente por el conocimiento, sino por una experiencia más profunda. Vivir en medio de la naturaleza no solo enseña: también despierta una forma de deseo, de pertenencia, incluso de reconocimiento de algo que no se dice del todo, pero que configura la manera en que habitamos el mundo.

Ese vínculo, muchas veces invisible, es el que sostiene el cuidado. Porque no se protege solo lo que se entiende, sino también aquello que, aun sin poder explicarse completamente, nos constituye. Así, el PRAE propone una educación que no separa el aula del territorio, sino que los pone en relación constante, permitiendo que el conocimiento surja del contacto, la observación y la acción, pero también de esa dimensión más profunda en la que el sujeto se reconoce como parte de lo que habita.

Ejes del trabajo ambiental

El trabajo ambiental desarrollado en el PRAE se organiza a partir de cuatro dimensiones que no funcionan de manera aislada, sino como expresiones de un mismo sistema vivo: los residuos, el agua, el suelo y la biodiversidad.

El manejo de los residuos sólidos no se entiende únicamente como una práctica de orden o limpieza, sino como un punto de partida para reconocer la relación que establecemos con lo que consumimos y desechamos. La acumulación, la quema o la disposición inadecuada de residuos no solo afectan el paisaje, sino que alteran directamente el suelo, contaminan las fuentes hídricas y afectan las formas de vida que dependen de estos espacios.

El agua, por su parte, no se aborda como un recurso aislado, sino como un elemento que atraviesa todo el territorio. Su uso en actividades agrícolas, domésticas y productivas, así como su sobreexplotación, evidencian la necesidad de comprender su ciclo y su relación con el suelo y la vegetación. El agua no solo sostiene la vida: también revela el estado del territorio.

El suelo, frecuentemente invisibilizado, se convierte en un eje central del trabajo ambiental. Su deterioro, producto del uso de químicos y de prácticas no sostenibles, compromete no solo la producción agrícola, sino la capacidad del territorio para sostener vida a largo plazo. Recuperar el suelo implica también recuperar las prácticas y saberes que permiten su cuidado.

La biodiversidad, finalmente, no se presenta como un inventario de especies, sino como la manifestación visible de un equilibrio. La presencia o ausencia de ciertas formas de vida da cuenta de las condiciones del territorio. Reconocer la fauna y la flora del entorno no es solo un ejercicio de identificación, sino una forma de comprender el estado de las relaciones que sostienen la vida. En conjunto, estas dimensiones permiten entender que cada acción, por pequeña que parezca, tiene efectos en cadena. El manejo de los residuos, el uso del agua, el cuidado del suelo y la protección de la biodiversidad no son tareas separadas, sino formas de intervenir en un mismo sistema.

Investigación y territorio

El PRAE no se limita a la realización de actividades ambientales, sino que se configura como un espacio de investigación en el que el territorio se convierte en objeto de estudio. No se trata únicamente de intervenir el entorno, sino de comprenderlo en sus relaciones, sus tensiones y sus transformaciones.

En este sentido, los ejes del proyecto —residuos, agua, suelo y biodiversidad— no son abordados como contenidos cerrados, sino como preguntas abiertas. Cada uno de ellos plantea problemas que deben ser observados, descritos e interpretados por los estudiantes a partir de su experiencia directa en el territorio.

La investigación no se entiende aquí como un ejercicio externo o académico en sentido tradicional, sino como una práctica situada. Los estudiantes observan las condiciones de sus veredas, reconocen las formas en que se gestionan los residuos, identifican el estado de las fuentes hídricas, analizan las características del suelo y registran la biodiversidad presente. A partir de estas aproximaciones, comienzan a construir explicaciones que les permiten comprender las dinámicas ambientales de su contexto.

Este proceso no es individual ni aislado. Se desarrolla en diálogo con la comunidad, con las familias y con las instituciones del municipio, integrando saberes locales y conocimientos escolares. De esta manera, la investigación se convierte en un puente entre la escuela y el territorio, permitiendo que el conocimiento no se quede en el aula, sino que tenga incidencia en la vida cotidiana.

Así, el PRAE propone una forma de investigar que no separa al sujeto de su entorno, sino que lo reconoce como parte de aquello que estudia. Investigar el territorio es, al mismo tiempo, reconocerse en él. Y en ese reconocimiento surge la posibilidad de actuar de manera consciente, no desde la imposición de soluciones externas, sino desde la comprensión de las relaciones que sostienen la vida.

Prácticas en el territorio

El PRAE no se queda en la comprensión del territorio, sino que se despliega en acciones concretas que permiten intervenirlo y transformarlo. Estas prácticas no se entienden como actividades aisladas, sino como formas de materializar la relación entre los estudiantes y el entorno que habitan.

El reciclaje se convierte en uno de los primeros gestos de conciencia. A través de la clasificación y recolección de residuos, los estudiantes no solo organizan lo que desechan, sino que comienzan a reconocer el impacto de sus hábitos cotidianos. Separar, reutilizar y dar un nuevo destino a los materiales implica una transformación en la forma de entender el consumo y sus consecuencias en el territorio.

El compostaje, por su parte, introduce una comprensión más profunda de los ciclos naturales. Los residuos orgánicos dejan de ser desecho para convertirse en materia que retorna a la tierra. En este proceso, los estudiantes observan cómo lo que parecía inútil se transforma en abono, cerrando un ciclo que conecta directamente con el cuidado del suelo y la sostenibilidad de la vida.

La huerta escolar integra estas prácticas en un espacio vivo de aprendizaje. No es solo un lugar de cultivo, sino un laboratorio en el que se articulan el suelo, el agua, los residuos y la biodiversidad. Allí, los estudiantes experimentan, observan y comprenden de manera directa los procesos que sostienen la producción de alimentos y el equilibrio del entorno. Estas prácticas permiten que el conocimiento deje de ser abstracto. El estudiante no solo aprende sobre el ambiente, sino que actúa en él, lo transforma y se transforma en ese proceso. De esta manera, el PRAE se consolida como una experiencia en la que pensar, hacer y habitar se encuentran.

Articulación del PRAE con la gestión del riesgo en Chaguaní

Contexto general del territorio

El municipio de Chaguaní se caracteriza por ser un territorio montañoso, atravesado por múltiples corrientes de agua, con presencia de bosques, aves, plantas y una biodiversidad significativa que lo convierten en un espacio de enorme riqueza ambiental. Sin embargo, esa misma riqueza implica una complejidad territorial importante, pues se trata de un entorno donde el agua, el suelo, el relieve, el clima y las actividades humanas se encuentran profundamente interconectados. Por ello, Chaguaní no puede entenderse únicamente como un lugar natural o paisajístico, sino como un sistema vivo, dinámico y frágil, en el que cualquier alteración del equilibrio ambiental puede traducirse en escenarios de riesgo para la comunidad.

Esta realidad hace necesario que el Proyecto Ambiental Escolar, más que limitarse a actividades aisladas, se convierta en una herramienta para leer el territorio, comprenderlo y actuar sobre él. En un municipio como Chaguaní, donde las condiciones naturales influyen de manera directa en la vida cotidiana, en la movilidad, en la agricultura, en la infraestructura y en la seguridad de la población, la educación ambiental no puede separarse de la gestión del riesgo. Ambas deben articularse para que estudiantes, docentes y comunidad reconozcan que cuidar el ambiente no es una tarea ornamental, sino una forma concreta de proteger la vida.

Condiciones geológicas del municipio

Desde el punto de vista geológico, Chaguaní presenta formaciones que vienen desde el Cretácico y que configuran una base territorial compleja. Entre ellas se encuentra la Formación Seca, caracterizada por un relieve ondulado y escarpado, con estructuras inclinadas, anticlinales y secuencias muy fracturadas y replegadas. Estas condiciones hacen que el terreno sea pobre para la construcción de obras civiles, pues su inestabilidad lo vuelve vulnerable frente a esfuerzos y movimientos del suelo.

También se encuentra la Formación San Juan de Río Seco, de expresión morfológica fuerte, con laderas bien inclinadas y de difícil acceso. Esta presenta características arenosas y variaciones litológicas, con suelos aptos para cultivo en pendientes menores al cuarenta por ciento, pero al mismo tiempo confluencia de pliegues anticlinales y sinclinales, además de bancos de arenisca en la parte superior. Esta condición genera presiones internas que facilitan deslizamientos y procesos de remoción en masa, especialmente en sectores de alta pendiente, razón por la cual no se considera apta para construcciones pesadas.

Otra unidad importante es la Formación Hoyón, conformada por conglomerados que contienen arcillolitas y arenitas no consolidadas, junto con fragmentos de rocas ígneas y metamórficas. Esta formación presenta relieve ondulado y quebrado, y es especialmente susceptible a la erosión debido a la naturaleza de sus materiales. Todo esto permite afirmar que la geología de Chaguaní, lejos de ofrecer una base homogénea y estable, configura un territorio sensible, donde la fragilidad del sustrato debe ser tenida en cuenta en cualquier análisis ambiental, vial, agrícola o urbano.

Condiciones climáticas

Desde el punto de vista climatológico, el municipio presenta una temperatura media cercana a los 24 grados centígrados, con manifestaciones climáticas medias y cálidas. La precipitación anual oscila entre 1500 y 2000 milímetros, con un régimen bimodal de lluvias que concentra temporadas invernales principalmente en marzo y octubre, y periodos relativamente más secos en junio, julio y diciembre. Durante los periodos de invierno, además, se presentan tormentas eléctricas, mientras que la humedad relativa puede alcanzar cerca del 85 % en épocas lluviosas y descender drásticamente en temporadas secas.

Estas condiciones climáticas tienen una incidencia directa sobre la estabilidad del suelo, el comportamiento de las quebradas, la movilidad en vías rurales, el riesgo de erosión, la ocurrencia de deslizamientos y el aumento del caudal de las fuentes hídricas. La lluvia, en este contexto, no puede verse como un hecho aislado: en Chaguaní, cuando llueve fuerte, el territorio entero responde. El agua se concentra rápidamente, satura el suelo, activa procesos de erosión, genera escorrentías y aumenta la probabilidad de inundaciones y movimientos en masa.

Geomorfología y asociaciones de suelos

La geomorfología del municipio muestra distintas asociaciones de suelos que permiten comprender con mayor precisión la vulnerabilidad del territorio. La Asociación Bolívar, por ejemplo, corresponde a suelos desarrollados a partir de arcillas y areniscas, localizados en colinas y sometidos a erosión ligera a moderada, principalmente erosión laminar, que forma pequeñas cárcavas y se refleja en una fertilidad generalmente pobre en carbono orgánico y fósforo. Esta condición se observa, por ejemplo, en sectores como la vereda Puerto Chaguaní.

La Asociación Colombiana presenta relieve escarpado y pendientes en las que se manifiestan distintos tipos de erosión, debido a la presencia de suelos superficiales y moderadamente profundos limitados por areniscas y horizontes arcillosos. La Asociación Cimarrón, por su parte, también se encuentra limitada por areniscas, presenta drenaje excesivo y en los sectores medios de ladera alcanza erosión moderada a severa, con suelos de reacción ácida que afectan la producción agrícola.

La Asociación Chapaima presenta coluviones heterométricos derivados de arcillas y areniscas, con drenaje natural regular y un alto índice de permeabilidad. Esta condición genera inestabilidad para la construcción, aunque puede ofrecer ventajas para ciertos sistemas agropecuarios alternativos. Finalmente, la Asociación Río Seco corresponde a planicies muy susceptibles a inundación, localizadas alrededor de los 300 metros sobre el nivel del mar, originadas a partir de materiales aluviales y con características que, bien manejadas, pueden beneficiar el sector agrícola. Todo ello confirma que el suelo de Chaguaní no solo es base de producción, sino también un factor decisivo en la comprensión del riesgo.

Hidrología del territorio

La hidrología del municipio está conformada por una red amplia y compleja de subcuencas y quebradas, lo que convierte al agua en uno de los elementos estructurantes del territorio. La subcuenca principal corresponde al río Chaguaní, que nace aproximadamente a 1500 metros sobre el nivel del mar y está conformado por quebradas como La Vieja, Aguas Claras, Las Sardinas y El Guamo, además de otras corrientes de menor influencia que confluyen en ellas. Esto significa que una parte esencial del municipio está organizada alrededor del agua, que no aparece en un solo punto, sino que atraviesa el territorio entero.

Además del río Chaguaní, se encuentran otras subcuencas de gran relevancia, como la quebrada Santiago, que desemboca en el río Magdalena y sirve en parte como límite con el municipio de Guaduas, con la quebrada El Loro como afluente. De igual forma, la subcuenca de la quebrada San Isidro desemboca en el río Magdalena y tiene como afluente la quebrada Cacagual. También son importantes la subcuenca de la quebrada Las Sardinas, afluente del río Chaguaní; la subcuenca de la quebrada La Vieja, tributaria del mismo río y localizada hacia los límites con Guaduas; la quebrada La Aguilera, tributaria de La Vieja en la vereda Llanadas; y la quebrada La Cristalina, que desemboca en La Aguilera.

El lecho de estas fuentes suele ser de tipo areno-arcilloso y rocoso, condición que influye en la infiltración, el drenaje y la estabilidad del terreno. En consecuencia, el agua en Chaguaní no solo representa una riqueza ambiental y productiva, sino también una fuente de vulnerabilidad, pues cuando las lluvias intensas coinciden con pendientes pronunciadas, suelos inestables y cauces saturados, el riesgo se multiplica. En este municipio, el agua no es un elemento aislado: es una red que articula y condiciona todo el territorio.

Amenazas naturales de tipo atmosférico

Dentro de las amenazas naturales presentes en Chaguaní, una de las primeras a considerar son las de tipo atmosférico. Estas incluyen especialmente los vientos fuertes, las lluvias intensas y los eventos de tormenta. Los vientos fuertes se presentan sobre todo en zonas abiertas, planicies y riberas de ríos, donde la ausencia de barreras naturales facilita su impacto. En algunos casos, estos vientos pueden alcanzar velocidades significativas y provocar daños en cultivos, viviendas, techos, árboles y redes eléctricas.

También se han identificado escenarios asociados a vientos extremos o remolinos de alta intensidad, que aunque localizados y de corta duración, pueden generar gran destrucción. Estos pueden afectar sectores como la vía principal, la escuela Pedregal, los postes de luz, el salón comunal, el parque principal, el colegio Fray José Ledo, la escuela Bramaderos, la iglesia, la escuela Campo Alegre y viviendas de la vereda El Retiro. Esto permite ver que el riesgo atmosférico no se distribuye uniformemente, sino que depende de la exposición del lugar y de su nivel de protección natural o estructural.

Por su parte, las lluvias intensas constituyen una amenaza mayor, ya que la rápida concentración de agua puede hacer que se desborden ríos, quebradas y canales. En eventos fuertes, puede llegar a precipitarse en pocas horas una cantidad de agua comparable a la esperada para un mes entero. Esto genera inundaciones, saturación del suelo, desestabilización de taludes y afectaciones en infraestructura, vías y cultivos.

Amenazas naturales de tipo hidrológico

Las amenazas hidrológicas en Chaguaní están asociadas principalmente a las inundaciones. Estas se presentan por el desbordamiento del río Chaguaní, de la quebrada La Vieja, de la quebrada Aguas Claras, de la quebrada Las Sardinas y de la quebrada El Guamo, con afectaciones en sectores como las veredas Llanadas, Loma Larga, El Retiro y El Helechal. También se presentan inundaciones asociadas a la quebrada Santiago y la quebrada El Loro, especialmente en la vereda Puerto Chaguaní, dada su conexión con el río Magdalena.

A ello se suman inundaciones relacionadas con la quebrada San Isidro y la quebrada Cacagual, que afectan sectores como Llano Platanal; inundaciones por la quebrada Las Sardinas en la vereda El Retiro; por la quebrada La Vieja en zonas limítrofes entre Guaduas y Chaguaní; y por la quebrada La Cristalina, que desemboca en la quebrada La Aguilera. Además, existe una red amplia de quebradas y afluentes menores, como Pedregosa, Hoyadas, San Francisco, El Hoyón, Las Yopas, Babillas, La Porquera, El Descanso, Honduras, Espinos, El Padre, Gregoria, Anaca, La Curaleña, Guasimalera y Santa Inés, entre otras, que pueden ocasionar inundaciones localizadas durante eventos intensos de lluvia.

Esto muestra con claridad que el riesgo hidrológico en Chaguaní no está concentrado en un solo sitio, sino distribuido en todo el municipio. El agua recorre el territorio entero, y cuando no logra ser absorbida o evacuada con suficiente rapidez, aparecen los desbordamientos, la saturación y las afectaciones sobre viviendas, cultivos, vías y espacios comunitarios.

Amenazas geomorfológicas: erosión y deslizamientos

Las amenazas geomorfológicas ocupan un lugar central dentro del análisis del riesgo en Chaguaní. Entre ellas, la erosión aparece como un proceso extendido que afecta especialmente sectores viales y de ladera. Se han identificado riesgos de erosión en la vereda Campoalegre, en el kilómetro cinco, en la vía hacia Bramaderos, en la llegada a la escuela de esa vereda, en la vía Melgas, en la vía Chaguaní–San Vicente, en la vía El Helechal, en la vía Pedregal, en la vía El Retiro y en la vía El Rincón. Estas zonas muestran que la pérdida progresiva del suelo, potenciada por la pendiente, la lluvia y el uso inadecuado, debilita el terreno y afecta tanto la movilidad como la estabilidad general del municipio.

Junto con la erosión, los deslizamientos representan una de las amenazas más severas. Se identifican riesgos de deslizamiento rotacional por hundimiento en el parque principal de Chaguaní, en la vía Campoalegre y en la vía Bramaderos. Asimismo, existen riesgos por volcamiento, movimientos rotacionales y flujos de tierra en la vereda Bramaderos y su vía de acceso, así como en las vías hacia Melgas, Llanadas, La Tabla, El Helechal, Pedregal y El Rincón. También aparecen zonas críticas en el sector de la planta de tratamiento de aguas, en la vía Guadual, en barrios y casas ubicadas en laderas, en San Vicente y en la vía Chaguaní–San Vicente.

Estos deslizamientos son la expresión concreta de la interacción entre lluvia, agua, pendiente, erosión y fragilidad geológica. Es decir, no ocurren como un evento aislado, sino como la consecuencia acumulada de varios procesos que se potencian entre sí. Cuando el suelo se satura, el territorio se mueve; y cuando además ha perdido cobertura vegetal o ha sido intervenido sin control, la vulnerabilidad crece aún más.

Amenazas tectónicas

En el caso de los terremotos, aunque no sean un evento cotidiano, deben ser considerados dentro del análisis general del riesgo. Un evento sísmico podría afectar puntos importantes del municipio como el puente Las Sardinas, la iglesia, la estación de servicios, el hogar de paso, el salón parroquial, la alcaldía municipal, el hotel La Posada La Abuela, el parque principal, el Banco Agrario, los comercios, las tiendas de víveres y abarrotes, el parque El Samán, los talleres de automóviles y motos, la piscina municipal, el salón cultural, los barrios, calles y carreras, el centro de salud, el colegio Fray José Ledo, cafeterías, restaurantes, el terminal de flota y la mayoría de barrios ubicados en laderas, además de las veredas.

A este tipo de amenaza se suma la posible caída de postes y la afectación de servicios públicos, lo que incrementa el impacto del evento más allá del movimiento del suelo mismo. En consecuencia, el riesgo sísmico depende no solo del fenómeno natural, sino también de la vulnerabilidad de la infraestructura, de la ubicación de las construcciones y del nivel de preparación de la comunidad.

Incendios forestales

Otra amenaza importante en el municipio corresponde al riesgo de incendios forestales, presente en todas las veredas. Durante las temporadas secas, la vegetación pierde humedad y se vuelve más susceptible a la combustión. En esas condiciones, la acumulación de material vegetal seco, sumada a prácticas humanas inadecuadas como quemas no controladas, uso irresponsable del fuego o manejo incorrecto de residuos, favorece la propagación del incendio.

Los incendios forestales no solo destruyen cobertura vegetal, sino que afectan la biodiversidad, degradan el suelo, contaminan el aire y debilitan aún más la estabilidad del territorio, pues luego de un incendio la tierra queda más expuesta a la erosión y a otros procesos de deterioro. Por eso, también deben entenderse como parte del sistema de amenazas que enfrenta Chaguaní.

Marco normativo: Ley 1523 de 2012

Frente a este panorama, resulta esencial tener en cuenta el marco normativo colombiano, en especial la Ley 1523 de 2012, que define la política nacional de gestión del riesgo de desastres. Esta ley establece el principio de sostenibilidad ambiental, según el cual el uso del territorio debe garantizar un equilibrio entre las actividades humanas y la protección de los ecosistemas, reconociendo que el deterioro ambiental aumenta la exposición y la vulnerabilidad frente a distintas amenazas.

El artículo 40 resalta la necesidad de incorporar procesos de adaptación al cambio climático, lo cual implica preparar a las comunidades para enfrentar variaciones en las lluvias, sequías y eventos extremos. Esto tiene una importancia directa para Chaguaní, donde el comportamiento del clima modifica de manera clara el funcionamiento del suelo, del agua y de las vías. El artículo 41, por su parte, señala el papel de las corporaciones autónomas regionales dentro del sistema nacional, reconociendo su función de acompañamiento, orientación y apoyo técnico en los procesos de manejo ambiental y reducción del riesgo.

En términos simples, la Ley 1523 deja algo muy claro: si no se cuida el ambiente, el riesgo aumenta. Por eso, la sostenibilidad, la adaptación y la gestión del riesgo no son asuntos separados, sino dimensiones de una misma responsabilidad territorial.

El papel del PRAE en este contexto

En un territorio como Chaguaní, el Proyecto Ambiental Escolar adquiere un sentido profundo. No se trata solo de reciclar, sembrar o hacer campañas aisladas, sino de formar estudiantes capaces de leer el lugar donde viven, identificar sus problemáticas y participar en su transformación. El PRAE permite articular el cuidado del agua, del suelo, de la biodiversidad y del entorno con la prevención de inundaciones, erosión, deslizamientos, incendios y otras amenazas presentes en el municipio.

Desde esta perspectiva, acciones como el reciclaje, el compostaje, la huerta escolar, la reforestación, el registro fotográfico del territorio, la escritura de relatos, la identificación de zonas con erosión o riesgo de inundación, y la construcción de pequeños diagnósticos comunitarios, dejan de ser actividades aisladas y se convierten en verdaderas estrategias pedagógicas de reconocimiento territorial. Los estudiantes pueden observar su entorno, documentarlo, plantear problemas, proponer soluciones y construir una memoria ambiental del municipio a partir de sus propios hallazgos.

Esto permite además fortalecer el vínculo entre escuela y comunidad, pues lo que se aprende no queda encerrado en el aula, sino que se conecta con la vida real de las veredas, las familias, los caminos, las quebradas, las laderas y los espacios colectivos. En ese sentido, el PRAE no solo promueve conciencia ambiental, sino también una cultura de prevención, responsabilidad y participación.

En síntesis, la articulación del PRAE con la gestión del riesgo en Chaguaní responde a una necesidad concreta del territorio. La geología muestra fragilidad, la geomorfología evidencia erosión, la hidrología revela alta conectividad del agua, el clima intensifica procesos de saturación y las amenazas se expresan en inundaciones, deslizamientos, sismos e incendios. Comprender todo esto no es un lujo académico: es una necesidad para cuidar la vida, orientar la acción escolar y fortalecer la relación de la comunidad con el territorio que habita.

“En Chaguaní, entender el territorio no es una opción, es una necesidad para poder habitarlo.”